Socialismo Internacional

Periódico de la Organización Socialista Internacional

Escondiéndose de la milicia para salvar sus vidas

Posted by Socialismo Internacional en septiembre 24, 2008

Las familias denuncian la intervención de la policía en una de sus casas (Foto de Indymedia-PR)

La milicia acostumbra a salirse con la suya todo el tiempo. Le mienten a los jóvenes para reclutarlos. Luego los obligan a participar de una guerra sin sentido, varias veces. Los que se niegan son perseguidos y tratados como criminales. Hasta que los involucrados deciden levantarse y hacer escuchar sus voces de protesta. Eso es precisamente lo que han hecho las familias de Orville Gómez Santiago y Santos López Morales, dos soldados ausentes sin autorización del ejército. Giovanni Roberto cuenta la historia de estos ahora ex soldados y de cómo el ejército continua haciéndoles la vida imposible.*

No se conocieron en el ejército. Sus familias no han sido nunca amigas o conocidas. Tampoco han vivido en el mismo pueblo. Pero desde junio pasado, sus historias están escritas sobre la misma página gracias a la experiencia traumática que vivieron antes y después de irse del ejército. Se trata de Orville Gómez Santiago y Santos López Morales, dos jóvenes puertorriqueños que están “ausentes sin autorización” luego de haber estado poco menos de dos años en la milicia. La familia de ambos ha estado denunciando en conjunto sus experiencias, luego que la policía de PR, presumiblemente por órdenes del ejército o el FBI, estuviera buscando violentamente a Santos López Morales en Humacao durante junio.

La historia común de estas dos familias se remonta a las maniobras, mentiras y presiones de los reclutadores. “Lo primero que le dijo el reclutador fue que no sacara buenas notas en el examen de inglés para que pudiera entrar a la escuela de inglés y así se podía ir adaptando a la vida militar. Ese fue el primer engaño”, asegura molesta María Santiago, madre de Orville Gómez.

Orville era maestro de educación especial en el Departamento de Educación (DE) antes de enlistarse. Tras 5 años en el DE, la desilusión por la falta de recursos y las pésimas condiciones de las escuelas lo llevaron a pensar en otra cosa. Debido a su condición de titulado universitario, le aseguraron que subiría de rango rápidamente. También le aseguraron que sería maestro en una base. “Lamentablemente al llegar al sitio, pues para mí que por ser puertorriqueño…empezaron las injusticias. A él lo bajan de rango porque y que no sabía buen inglés, la pronunciación, se burlaron de él en la cara porque era latino, y que no podía dar clase dentro de lo que podemos llamar la milicia porque no tenía buena pronunciación del ingles, y él se fue desilusionando, incluso ganaba menos dinero que en el DE”, nos cuenta su padre, José Gómez.

A Santos López Morales, además de prometerle mucho dinero y una casa, “lo presionaban, a él lo presionaban”, aseguran su madre Luz Eneida Morales y su abuela, Luz de León Sánchez. “Cuando se fue se sentía hasta enfermo y como quiera se fue porque él ya llevaba una ilusión, que le habían forjado, una ilusión que ya lo sacaba, y así como se sentía entonces se fue porque le decían los sargentos acá, los reclutadores, que tenía que ser ese día, que tenía que irse rápido”, comenta De León Sánchez. “No, que me tengo que ir, me tengo que ir, tiene que ser hoy”, le refutaba Santos a su abuela cada vez que ella cuestionaba la urgencia con la que deseaba irse.

Naturalmente, la madre y abuela de Santos están “bien molestas” con los reclutadores y aseguran que si Santos ve al reclutador “no le va a tener miedo de decirle lo que siente, porque tiene mucho coraje, porque lo engañó. Todo lo que pasó allá fue todo lo contrario a lo que el reclutador del ejército le dijo. Lo engañó, lo engañó y esta bien molesto y si lo ve no le importa decirle lo que tenga que decirle en la cara, no le importa, sean las consecuencias que pasen, no le importa”.

Los entrenamientos y la vida militar también fueron haciendo claro de lo que se trataba el ejército. “Lo que pasó fue también que él recapacitó allá y dijo “yo no creo en matar a las personas” y estaba bien dolido con esa situación y dijo “yo no estoy preparado para una guerra, para matar, yo no soy una maquina para matar a nadie”, nos confiesa Luz Eneida, su madre.

A él le decían que ellos tenían que entrar a los hogares y todo, romper puertas, hacer lo que fuera, llevarse a quien fuera, a todo lo que hubiera por delante (“Niños”, interrumpe Luz Eneida) esa era la cuestión que ellos llevaban”, dice por otro lado la abuela, doña Luz de León

La guerra fue impregnando la vida de estos dos soldados de una dolorosa sensación a muerte. “En mi mente todo lo que pasaba era como una película de violencia donde siempre me veía matándome a mí o a otros”, confiesa Orville en una entrevista con El Nuevo Día. Esa misma sensación describe la abuela de Santos al asegurar que la visión que él tenía era la de muerte”.

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Orville Gómez Santiago sufre de una grave depresión que amenazaba con llevarlo al suicidio. Su situación mental era “extrema”, según los propios partes médicos. Durante su entrenamiento, comenzó a sufrir de síncope nervioso, una condición caracterizada por un paro repentino del corazón que provoca la perdida de la conciencia. Eso significaba, claramente, que no estaba apto para seguir en el ejército. Eso mismo recomendaban tanto médicos privados como militares. En repetidas ocasiones intentó buscar una separación médica del ejército, pero sólo recibió insultos, burlas, amenazas de encierro y que le adelantaran su fecha de salida a Afganistán.

Según nos cuenta doña María Santiago, el médico de la base le aclaró que “la última palabra la tienen los oficiales, está en los oficiales de su escuadrón, de su batallón, tomar la última decisión. Esas mismas palabras me las dijeron cuando le dieron de alta en el primer hospital…que ellos no daban recomendaciones de separación de la milicia porque ya se habían buscado problemas en el ejército porque…ellos no tenían el poder sobre los soldados. El poder sobre los soldados lo tienen los oficiales, el ejército es dueño de ellos.”

Orville tenía 5 planes para mutilarse o suicidarse. Entre los que él mismo narra están “cortarme el dedo para no poder disparar, ahogarme en la ducha, ahorcarme debajo de unos palos por donde vivía que me gustaban mucho y hasta estrellarme en el carro”.

A la milicia no le importaba la vida de Orville, sólo le importaba las vidas que este podía quitarle a otros participando de la guerra. Tampoco le ha importado la vida de los más de 3,000 soldados que se han quitado la vida en los más de 5 años de guerra. El tratamiento dado por el ejército para la depresión y los instintos suicidas—aun y cuando lo negaron constantemente—es de risa. “Las terapias son otra burla, las terapias son para nenes de cinco años, o sea, cumplí con unas terapias, ha pues mira pasó las terapias, le di unas manualidades, ah, pasó las manualidades, ah, ya no te quieres ya matar, no, no ya no me voy a matar, y lo dan de alta”.

Ese primer tratamiento duró apenas una semana. “Que tratamiento tú vas a dar en una semana…ellos (los médicos) lo que me dicen es que ellos lo estabilizan y que si él vuelve a atentar contra su vida ellos vuelven y lo admiten en el hospital de 3 a 10 días lo más, ese es el juego”. Cansada de que el ejército jugara con la vida de su hijo, cansada de que le dijeran que lo de su hijo era “una simple depresión que le da a todos los soldados”, doña María Santiago decidió llevarse a su hijo de la base Fort Campbell, Kentucky, el pasado 14 de marzo, 6 días antes de su salida a Afganistán. El fin de semana anterior, según narra Orville en la prensa local, hubo 7 suicidios en la base.

Los otros soldados, muchos también en depresión, fueron quienes aconsejaron y ayudaron a escapar a Orville y su madre ese viernes, haciéndose de la vista larga y permitiendo que salieran caminando de la base.

Desde entonces, Orville recibe tratamiento siquiátrica en la isla, intentando no usar ninguna identificación personal y viviendo en secreto junto a su madre para no ser encontrado por la milicia. Hace un mes, recibió una notificación en casa de sus padres en donde decía que le debía 8,000 dólares al ejército por concepto del equipo “no devuelto” ya que se fue sin firmar. Una broma más de muy mal gusto.

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Santos López Morales llegó a su casa solo y sin avisar a nadie. Antes de irse de Fort. Carson, Colorado, en febrero “dejó una nota (en la que decía) que no creía en la guerra, que no quería seguir”, nos cuenta su madre Luz Eneida Morales.

Antes de irse al ejército, Santos estudiaba para ser delineante en la Universidad del Turabo. El semestre que se enlistó, había tenido problemas con la beca y no había podido estudiar. También estaba desempleado y deseaba encontrar algún trabajo para establecer una familia junto a su actual compañera. El reclutador le aseguró que el ejército era la alternativa que estaba buscando.

“El hizo todo lo posible en el ejército, luchó mucho en el ejército, puso de su parte, todo lo que le decían él lo hacía, soportó humillaciones, muchos castigos, muchas cosas y debido a todo esto se fue debilitando y no pudo más”, nos cuenta la madre. El ahora ex soldado intentó esforzarse tanto que incluso aceptó ponerse una vacuna contra el ántrax que estaban probando. A consecuencia de eso, Santos tiene su sangre contaminada.

Al igual que Orville, los oficiales despreciaron los diagnósticos de depresión y le dijeron “que ellos no creían en la depresión, que eso era totalmente falso, que él no tenía absolutamente nada, pero él se sentía mal”, asegura la madre. Tras un pase y “antes de irse para allá, empezó como a temblar, como algo de un miedo, empezó a temblar y se puso bien nervioso”.

El 16 de junio, irónicamente el mismo día en que nació su primero hijo, miembros del Centro de Investigaciones Criminales de la policía fueron a buscarlo a su trabajo. “Él ya estaba trabajando, tenía un trabajito bueno, ya había conseguido un apartamento, estaba ubicándose de lo más bien. Ellos fueron ese día al trabajo de él y como él se acababa de ir, porque el bebe iba a nacer… entonces ellos fueron para allá, invadieron el Hospital Rayder, en cada puerta había un agente, en todo, todo el Hospital Ryder”, cuenta la abuela, doña Luz de León. Estuvieron allí todo el día sin encontrarlo ya que logró escapar sin ser visto. A la semana, llegaron a las 4 de la madrugada a la casa de la madre y la abuela. “Nosotros nos pusimos mal de ver tanto policía…Esto se convirtió como en un campo de guerra aquí”. Los policías entraron a la casa sin ninguna orden de registro y sin dar ninguna explicación. Sólo antes de irse dijeron que buscaban a Santos López “porque tu hijo es fugitivo del ejercito de Estados Unidos” asegura la abuela.

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En realidad, estas historias podrían ser las de cualquiera. Más de 80,000 soldados se encuentran “asusentes” del ejercito según datos citados por Hiram Lozada, abogado de Orville Gómez Santiago en el caso de objetor por conciencia que lleva contra el ejército. De esos, casi unos 100 son puertorriqueños. Desde que estas familias dieron la voz de alarma, otros jóvenes puertorriqueños han comenzado a llamar a Madres Contra la Guerra en busca de ayuda.

“¿Porque te conviertes en delincuente cuando no quieres matar?” se pregunta María Santiago, madre de Gómez.

Ese es precisamente el punto. Quienes deberían ser enjuiciados y buscado en sus casas como delincuentes deberían ser los gobernantes, oficiales y reclutadores que iniciaron y ayudan a mantener las criminales guerras de Afganistán e Irak. Guerras que se pelean en territorios externos pero que tienen, como se evidencia en estas historias, una contra parte interna.

Estas familias y sus hijos han hecho lo correcto al negarse a continuar participando de la maquinaria de guerra del ejército. El padre de Orville, José Gómez, le recomienda a los jóvenes que estén como su hijo a “que no se sientan solos, que no tengan miedo, que hablen y que busquen ayuda”. La abuela de Santos también les dice a los jóvenes “que no se dejen ir por los instructores ni por nada porque son un engaño, que busquen alternativas”.

Para estas familias ha sido de gran apoyo que no han salido solas. Han encontrado cada una en los casos de la otra la fuerza necesaria para denunciar las injusticias que el ejército continúa haciéndole a sus hijos al impedir que desarrollen una vida normal, lejos del ejército. Como dice doña María Santiago: “La filosofía del miedo es la filosofía mayor y la mayor arma sicológica que tiene las fuerzas armadas. Si tú te dejas llevar por el miedo, el miedo te paraliza y no actúas. Cualquier mínima cosa que uno pueda hacer como una sola persona, un ser humano solo, combatir desde tú persona y desde tu familia y defender lo que son tus creencias y el valor de la vida, no lo dejes de hacer, porque uno, uno y uno cuando vienes a ver somos mil”.

*Estas familias estarán en el Foro: ¡Voces Contra la Guerra! junto a Karim Salamán, veterana de la Guerra de Irak, el próximo 23 de octubre a las 11:30 en el Salon CRA 108 de la Facultad de Ciencias Sociales en la Universidad de Puerto Rico Recinto de Piedras. Este artículo fue publicado originalmente en el periódico SocialismoInternacional.org

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