Socialismo Internacional

Periódico de la Organización Socialista Internacional

Orígenes de la opresión de la mujer

Posted by Socialismo Internacional en octubre 30, 2008

LAS RAÍCES de la opresión femenina han sido tema de debate hace mucho tiempo. En el área de antropología, ELEANOR BURKE LEACOCK ha contribuido muchísimo a la posición de que la subyugación de la mujer no ha sido un rasgo eterno de la sociedad humana, sino que vino siendo producto del desarrollo de la sociedad de clases. Una colección de los escritos de Leacock–ensayos, conferencias y debates–titulada Los Mitos del Dominio Macho: Colección de Artículos sobre la Mujer a través de las Culturas ha sido republicada por Haymarket Books. El siguiente extracto fue tomado del prefacio del libro.

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LAS RAÍCES de la opresión femenina han sido tema de debate hace mucho tiempo. En el área de antropología, ELEANOR BURKE LEACOCK ha contribuido muchísimo a la posición de que la subyugación de la mujer no ha sido un rasgo eterno de la sociedad humana, sino que vino siendo producto del desarrollo de la sociedad de clases.

Las décadas de investigación antropológica entre varias culturas hecha por Leacock desacreditan los mitos de rasgos “naturales” femeninos o masculinos, tales como la inherente superioridad del hombre o la pasividad natural de la mujer. Al documentar ejemplos históricos de civilizaciones en las que las relaciones igualitarias entre género eran la norma, ella proporciona pruebas concretas de que no sólo la igualdad de la mujer existía en sociedades anteriores, sino que es también posible en el futuro.

Una colección de los escritos de Leacock–ensayos, conferencias y debates–titulada Los Mitos del Dominio Macho: Colección de Artículos sobre la Mujer a través de las Culturas ha sido republicada por Haymarket Books. El siguiente extracto fue tomado del prefacio del libro.

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LOS ARTÍCULOS en este libro han sido publicados en el transcurso de casi 30 años. De los primeros dos, uno es una revisión crítica de “Varón y Hembra” de Margaret Mead y el otro un reporte acerca de la matrilocalidad –la residencia de una pareja recién casada junta o cerca de los padres de la mujer– como ocurre entre los Montagnais-Naskapi, nativos canadienses de la Península de Labrador, quienes por casualidad figuraron de forma importante en los debates antropológicos sobre la realidad del “comunismo primitivo”. Estos dos artículos sirven para ilustrar la base dual de mi entendimiento de que el dominio machista universal es un mito, no un hecho: mi propia experiencia, o la base político-personal, y mi investigación de la experiencia de otros, o la base científica. A pesar de la aseveración constantemente repetida que por motivos biológicos o socio-psicológicos la mujer siempre ha sido subordinada al hombre, tanto mi experiencia directa como mis estudios culturales siguen convenciéndome de lo contrario.

Mi revisión crítica del libro de Mead es un reflejo de mi cólera como una mujer joven que combinaba la maternidad con mi vida profesional como antropóloga y con el activismo político como una radical. Retrospectivamente es difícil decir cuál era exactamente mi perspectiva en aquel entonces, pero en un punto yo estaba clara: mis problemas principales provenían de las dificultades prácticas de concertar la logística de mis tres deberes, empeorados por los marginales ingresos que puedo atribuir con certeza a mi género. Estos problemas no surgieron, como muchos escritos me informaban, del fracaso “de no aceptarme a mí misma como mujer”.

De joven, la misma Mead abrió nuevos caminos en la investigación de campo sobre el sexo femenino, y había escrito un trabajo clásico sobre los modelos culturales de roles sexuales, el cual podría ser usado para refutar las ideas neo-freudianas acerca de la pasividad natural de la mujer. Pero allí estaba Mead, durante la atmósfera reaccionaria de los años 50, discutiendo la naturaleza “activa” del hombre como un supuesto universal mientras que, como una función de su rol maternal, las mujeres son–o deberían ser (una distinción comúnmente difuminada)–“pasivas”.

Mi experiencia de toda la vida me había hecho muy consciente del estereotipo femenino de ser de alguna manera innatamente “pasiva”. De niña acepté como natural el modo en que mi madre tomó y manejó cualquier actividad que requería la situación. Y al crecer, por tiempos en un rancho y en otros en Greenwich Village en Nueva York, aprendí sin saberlo que las mujeres toman decisiones acerca de hasta qué punto ellas desean acomodarse a los hombres y adoptar los modos socialmente aceptables (es decir, “pasivas”) de conseguir las cosas.

Sin embargo, la importancia social de minimizar el ser “activo” no me fue explicado explícitamente, al menos por lo que recuerdo, hasta que escuché a mis compañeros de clase en la secundaria y en la universidad hablar sobre las reglas para “conseguirse” a un hombre. No me persuadieron, pero me hice más consciente de mí misma como una rebelde; en la universidad me eduqué de tales asuntos afiliándome a otros inconformistas en actividades radicales y en el estudio extracurricular de la literatura marxista.

Más tarde, mientras lidiaba con cuatro hijos pequeños, pasaba un rato con algunos colegas tomando unos tragos al final del día; entonces de prisa corría al metro, paraba en el mercado para comprar tanto cupiera en una bolsa, regresaba a casa, asumía los deberes de la niñera, limpiaba un poco, calmaba a los niños hambrientos, y comenzaba a preparar la cena (mi esposo, un cineasta, ayudaba, pero a menudo llegaba tarde a casa o estaba en un trabajo fuera de la ciudad). Pensando en los colegas varones que ligeramente hablaban, algunos llamando a sus esposas en tono de disculpa, para luego irse a casa a sus cenas listas, yo refunfuñaba: ¡y supongo que yo estoy siendo pasiva, mientras ellos son los activos–huh”!

Yo estaba bien consciente, por supuesto, que los argumentos existentes sobre las disposiciones femeninas deben de ser interpretados de forma más elegante. Como sea, no fui fácilmente seducida, y sabía que desnudados a lo más imprescindible, estos argumentos reflejaban ilusiones por parte del establecimiento. Años más tarde, con mi amiga y colega Connie Sutton dimos un seminario conjunto titulado “Poder, Opresión y Estilos del Pensamiento”. Exploramos las características que teóricos occidentales, representantes de naciones, clases y su género en posiciones de superioridad relativa, han atribuido a sus inferiores sociales, sean éstos pueblos colonizados (“primitivos”), gente de color, gente de clase obrera o las mujeres. La semejanza temática es asombrosa, aunque los términos puedan variar. Junto con la carencia de previsión y planificación, y de lógica y racionalidad, son inevitables la dependencia y la pasividad. Independientemente de la fuente precisa de tales formulaciones por parte de específicos pensadores –un problema interesante en sí mismo– el mensaje social a ambos, aquellos de arriba y los de abajo, es claro: ignore la historia que demuestra lo contrario, y sepa que la gente que sufre opresión lo sufren porque ellos mismos no tienen ni la capacidad, ni la intención, ni el deseo de rebelarse.

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SIN EMBARGO, saber que la supuesta “pasividad” femenina es sólo uno entre muchos pretextos para justificar la opresión de la mujer sólo lidia con una parte del mito de dominio macho: que la subordinación de la mujer es una función de su biología o psicología. Además, la experiencia personal puede haber informado mi entendimiento, pero no demuestra nada más a los demás. La otra mitad del mito concierne la universalidad, una cuestión empírica que requiere investigación. Los resultados de mi estudio son presentados en las siguientes páginas, donde presto atención especial a la igualdad entre los sexos entre los Montagnais-Naskapi. He dicho que mi artículo en matrilocalidad representa un elemento básico en mi pensamiento. Esta institución indica generalmente un estatus de prestigio para las mujeres, pero para mí esto en sí no es la razón de su importancia. Mi inesperado descubrimiento de esta práctica, ante una declaración explícita de lo contrario por una autoridad que yo respetaba, significó mucho para mí como una joven cuya investigación iba en contra del establecimiento antropológíco en varios modos.

Como estudiante yo había aceptado la declaración de Julian Steward que las bandas primitivas eran predominantemente patrilocal (con las nuevas cónyuges viviendo cerca de los padres del marido) y que un hombre cazaba mejor en una región que conocía desde infancia. Yo tenía motivos por respetar a Steward, quién vino a Columbia cuando yo trabajaba en mi tesis. En la atmósfera sumamente “histórico-particularista” de ese tiempo, él fue uno de los pocos antropólogos que sostuvo que era posible definir tendencias generales “evolutivas”, destacando la singularidad de la propia historia cultural de cada pueblo. De hecho, yo cité a Steward sobre las bandas patrilocales en un ensayo que escribí en aquel tiempo acerca de “El Origen de la Familia, Propiedad Privada y el Estado” de Frederick Engels–aunque por suerte, a final de cuentas, no tuve éxito en publicarlo. Sin embargo, como la parte de mi investigación sobre las prácticas de usufructo de la tierra en Labrador, el tema de mi disertación, junté información genealógica de todos los miembros de las bandas con las cuales yo trabajé. Para mi sorpresa el material reveló que la matrilocalidad era la forma primaria de la residencia postmatrimonial en el pasado reciente, pero que el fenómeno había cambiado ya para la época de mi trabajo de campo.

Yo era suficientemente familiarizada con la deformación científica. Mis apuntes en la universidad están manchados con signos de interrogación y exclamación en lugares donde los profesores presentaron material que indicaba importantes semejanzas económicas y sociales entre culturas de diferentes partes del mundo que, desde mi punto de vista, apoyaban la misma hipótesis socio-evolucionaria que los mismos profesores criticaban. Aún así, era, después de todo, una cuestión de mi interpretación contra la de ellos. Fue totalmente otra cuestión descubrir datos por los que yo no esperaba ni buscaba, y que directamente contradecía lo que yo pensaba era una sensata declaración acerca de la prioridad masculina en la organización social.

No es que la residencia patrilocal automáticamente significara el dominio macho entre el Montagnais-Naskapi. Leer las crónicas jesuitas del siglo XVII sobre el poder y la independencia de la mujer había dejado claro que así no lo fue. Aún así yo sabía que los conflictos residenciales postmaritales revelan un aspecto de los conflictos entre los sexos cuando las relaciones sociales igualitarias están siendo minadas. Aquí, entonces, estaba un ejemplo concreto de los cambios en la organización social y la autonomía femenina causados cuando una sociedad igualitaria fue transformada por la colonización y la influencia combinada de misioneros y comerciantes. Nunca jamás acepté las declaraciones aparentemente razonables y respetables sobre el supuesto servilismo femenino en las sociedades igualitarias. Y una y otra vez, la reexaminación cuidadosa de los datos y de las circunstancias en las cuales ellos fueron coleccionados me han dado la razón: las indicaciones del dominio machista resultan ser de (1) los efectos de la colonización y/o participación en relaciones de mercado; (2) el fenómeno concomitante de la desigualdad en una sociedad en vías de desarrollo, comúnmente tratadas en los escritos antropológicos como “clasificación”, cuando el comercio anima la especialización de trabajo y la producción para el intercambio acompaña la producción para el uso, así minando la economía colectiva en la cual las relaciones igualitarias están basadas; (ó 3) los problemas que provienen de interpretaciones de datos en términos de conceptos y suposiciones occidentales.

Traducido por Lucy Zamora. Publicado por Obrero Socialista.

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Una respuesta to “Orígenes de la opresión de la mujer”

  1. ana said

    gracias por ese aporte, que realza la dignidad de la mujer, quisiera recibiruna ayuda de: cuandoy quienes fueron los gestores de la liberACION de la mujer . de antemano quedo agradecida.

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