Socialismo Internacional

Periódico de la Organización Socialista Internacional

“Hace falta una revolución ecológica”

Posted by Socialismo Internacional en julio 20, 2010

Cueva La Ventana, parte de la zona cársica de Puerto Rico

ESPECIAL: Marxismo y Ambiente

Para “salvar la humanidad y salvar el planeta,” la lucha ecológica que se ha venido desarrollando en la última década debe también tener en su agenda la lucha contra el capitalismo, principal responsable de la destrucción del medioambiente.  Los socialistas de igual forma, deben involucrarse en la lucha ambiental pues es parte del programa para alcanzar una sociedad en armonía con la naturaleza. Según Bellamy Foster, la lucha por la justicia social y la justicia ambiental “no son cuestiones separadas, sino que tienen una base común en el modo de producción capitalista.”

En entrevista a John Bellamy Foster, ecosocialista, editor de Monthly Review y autor de La ecología de Marx y The Ecological Revolution, realizada por Alex Bombilá, se plantea la necesidad de combatir el capitalismo para garantizar el sustento del ambiente. Se plantean alternativas: respuestas radicales a corto plazo, y una revolución ecológica a largo plazo.

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Entrevista: “Hace falta una revolución ecológica”

En tu libro La Ecología de Marx argumentas que el marxismo tiene mucho que ofrecer al movimiento ecologista. ¿Qué tipo de trabajo común debe establecerse entre marxistas y ecologistas?

Creo que es importante reconocer que los marxistas y los ecologistas no son del todo diferentes grupos. Por supuesto, es cierto que ha habido rojos que han sido antiecologistas, y verdes que han sido antimarxistas. Pero no es extraño que los dos que se superpongan, y que cada vez converjan más. Muchos socialistas son ecologistas y muchos ecologistas son socialistas. De hecho, en un sentido el marxismo y la ecología, tanto la clásica como la actual, llevan a la misma conclusión. Para Marx, el objetivo era la creación de una sociedad en la que la relación metabólica entre la humanidad y la naturaleza (es decir, la producción) fuera racionalmente regulada por los productores asociados. El título original de mi libro al que te refieres debía ser Marx y Ecología, pero cambié por La Ecología de Marx dada la profundidad de las concepciones ecológicas de Marx.

Yo diría que un enfoque marxista crítico, especialmente en nuestro tiempo, requiere de una cosmovisión ecológica, mientras que una ecología humana crítica requiere una orientación anticapitalista y socialista en última instancia (es decir, marxista). En cuanto al trabajo unido que los marxistas y los ecologistas pueden compartir, yo diría que es la justicia social y la sostenibilidad ambiental: salvar a la humanidad y salvar al planeta. No se puede esperar para conseguir lo uno sin lo otro, y tampoco es posible hacerlo bajo el sistema actual.

Probablemente, la única voz potente en defensa de unas relaciones ecológicas en el mundo de hoy es Evo Morales, el socialista (e indígena) presidente de Bolivia. Tras el fracaso de la conferencia de Copenhague sobre el cambio climático, Fidel Castro dijo que antes pensábamos que nos encontrábamos en una lucha simplemente para determinar la sociedad del futuro, pero ahora sabemos que estamos en una lucha por la supervivencia. Hemos llegado a un punto en que los materialistas históricos están asumiendo el liderazgo mundial en la definición de las necesidades ecológicas de la humanidad.

La lucha contra el cambio climático parece un poco abstracta a primera vista. ¿Cómo podemos organizar campañas contra el cambio climático con un impacto real? ¿Quién debe promoverlas?

El cambio climático y la crisis ecológica planetaria en su conjunto, que es mucho mayor, es la mayor amenaza que la civilización material, y de hecho la humanidad, ha tenido que afrontar. Nos enfrentamos, si no cambiamos el rumbo, a la desaparición de la Tierra como planeta habitable para la mayoría de las especies vivas de hoy. Pero, tal como dices, parece algo abstracto.

La gente no lo puede sentir, ya que no se refleja constantemente en las condiciones climáticas a corto plazo que experimentan en un día o incluso una base estacional. Además, no es un problema que crece poco a poco y con suavidad, sino que se acelerará con todo tipo de puntos de inflexión y provocará cambios irreversibles. Así que el margen de tiempo para la acción es muy corto, y requiere un cierto grado de educación sobre lo que está sucediendo.

Entre los científicos hay ahora una cierta unanimidad sobre la amenaza, aunque no en todos los detalles. Hay muy poca de esta gente autoritaria que niega de verdad el calentamiento global, y su ‘ciencia’ ha sido refutada una y otra vez. Pero la opinión de la negación aparece constantemente amplificada en los medios corporativos, debido al poder de la clase capitalista, que considera cualquier acción destinada a evitar el problema como una amenaza a sus intereses inmediatos. La gente común está, pues, confusa y no sabe qué pensar. Además, les afectan otros problemas materiales que parecen más inmediatos: el estancamiento económico, la recesión extrema actual y los efectos destructivos de la política neoliberal. Los trabajadores están viendo cómo su nivel de vida económico en declive y están preocupados por sus puestos de trabajo, con un número creciente de parados y la pobreza. Por lo tanto, es difícil concentrarse en algo aparentemente tan nebuloso como es el cambio climático.

Si estamos buscando una revuelta masiva desde abajo en este ámbito, creo que ésta emergerá en primer lugar no del centro, sino de la periferia del mundo capitalista. Toynbee, en sus estudios de la historia, habla de un proletariado interno y uno externo. Sobre el cambio climático, así como en las revueltas contra el capitalismo en general, es el proletariado externo el que tendrá el papel principal. He señalado en mis últimos escritos la posibilidad de lo que he llamado un ‘proletariado del medio ambiente’. Las personas más oprimidas en el mundo, que no tienen nada que perder, se pueden encontrar cada vez más a las regiones del tercer mundo. Esto es especialmente evidente en el efecto que la subida del nivel del mar tendrá en el delta del Ganges-Brahmaputra en Bangladesh y la India y en las zonas bajas fértiles del Océano Índico y el mar de la China de Kerala en la India, Tailandia, Vietnam e Indonesia. Algunas áreas, como el delta de tierras bajas del río Perla en China, corresponden a las áreas de más rápido desarrollo (en este caso, la región industrial de Guangdong, de Shenzhen a Guangzhou), y también de contradicciones de clase más agudas. Así que los epicentros mundiales de la lucha medioambiental y de la lucha de clases se podrían solapar. Hay todo tipo de señales de que las bases materiales de la lucha social se están transformando. Esto lo demuestran las guerras del agua, los hidrocarburos y la coca en Bolivia, las cuales contribuyeron llegada al poder de un movimiento político socialista e indígena.

Incluso en el centro del sistema, los ecologistas están llevando a cabo una gran cantidad de luchas, en particular el movimiento de justicia juvenil basado en el clima. Aunque no hay indicios en la actualidad de una revuelta desde abajo de los trabajadores, y a pesar de que el movimiento sindical parece estar totalmente inactivo en Estados Unidos –en particular en el contexto de empeoramiento de la economía (y del medio ambiente)–, hay esperanza de que las luchas basadas en la comunidad, el trabajo y el medio ambiente generarán un nuevo contexto para el cambio. Es de esperar que algo así como un proletariado ambiental emergerá eventualmente en el centro también. Si lees las obras clásicas como La condición de la clase obrera en Inglaterra, de Engels, obtienes el sentido en el que las luchas ambientales eran fundamentales en la conformación de la clase trabajadora inglesa en la época clásica, en formas que contradicen una estrecha visión productivista.

La verdad es que cuando se trata de las contradicciones duales representadas por los fracasos económicos y ambientales del sistema, sólo los socialistas son capaces de integrar eficazmente estos dos problemas. Sólo los materialistas históricos pueden incorporar plenamente una teoría y una práctica que reconoce que estas no son cuestiones separadas, sino que tienen una base común en el modo de producción capitalista. De hecho, creo que estamos viendo cada vez más una convergencia de visiones de futuro socialistas y ecologistas, en el camino que conduce a una dirección mucho más revolucionaria que hayamos visto nunca antes.

Pero no debemos ser optimistas a ciegas. Esto también requiere una organización. Y hay grandes peligros, como el crecimiento del ecofascismo o las tácticas dilatorias de los gobernantes, que podrían significar “la ruina conjunta de las clases beligerantes”.

¿Cómo podemos promover la justicia ambiental sin afectar a la clase trabajadora?

Se podría preguntar también: ¿Cómo podemos no fomentar la justicia ambiental sin afectar a la clase trabajadora? Uno de los primeros trabajos sobre la justicia ambiental, como ya he sugerido, era el de Engels sobre La condición de la clase obrera en Inglaterra, que se centró en cómo la clase trabajadora estaba sujeta a unas condiciones de vida tóxicas y en sus consecuencias en términos de salud, buscando la forma en que esto había afectado a las divisiones de clase y a la estructura urbana.

Estas preocupaciones fueron parte de la lucha de la clase trabajadora al principio. La justicia ambiental incluye también la salud y la seguridad en las fábricas –y en un sentido más amplio de lo que se entiende normalmente, incluyendo cuestiones como la duración de la jornada, la intensidad de horas, etc.–. Sólo el crecimiento de un movimiento sindical orientado a los negocios, y su segmentación fuera de otros temas de la clase trabajadora bajo los sistemas capitalistas contemporáneos de regulación legal y política, han permitido a la gente pensar que el movimiento obrero se centra en un conjunto muy restrictivo de cuestiones separadas de la justicia ambiental, que es en realidad la medida en que la desigualdad afecta a las personas en los múltiples dominios materiales de la vida.

Por supuesto, la injusticia ambiental en Estados Unidos es vista comprensiblemente como relacionada con la cuestión de la raza, tal vez incluso más que con la cuestión de clase, ya que su mayor impacto es principalmente sobre las personas y comunidades que son objeto de racismo ambiental. Los residuos tóxicos, como es bien sabido, son más comunmente objeto de dumping en las comunidades de color. Así pues, a veces uno se encuentra con la idea errónea de que se trata de un problema de raza y no de clase, por esta misma razón. A menudo está implícita aquí la falsa noción de que la clase obrera es blanca y, entonces, si se trata de un problema que afecta principalmente a los indios americanos, negros, latinos, asiáticos, etc., significa que no es un problema de clase . Pero, por supuesto, la clase trabajadora en Estados Unidos está predominantemente compuesta por las llamadas ‘minorías raciales’.

No tiene ningún sentido decir que la clase trabajadora es blanca, como suponen algunos (y, como los estudios contemporáneos nos muestran, todo el asunto de los ‘blancos’ requiere una revisión). La justicia ambiental es, pues, una cuestión de raza y de clase (y también de género). Plantea cuestiones que el movimiento obrero contemporáneo, con su limitada posición de ‘negociador’ y las divisiones raciales que a menudo ha contribuido a perpetuar, no está muy bien equipado para hacer frente al problema. Es un movimiento socialista de la clase trabajadora lo que podría abordar la cuestión con mucha más facilidad.

¿Son los impuestos sobre las industrias contaminantes una solución?

Si te refieres a una solución definitiva, la respuesta es que no. La única solución real es deshacerse del capitalismo y crear una sociedad igualitaria y sostenible, a cargo de productores asociados. Pero debemos enfrentar el hecho de que el problema del medio ambiente, incluido el cambio climático, se está acelerando. Se trata de una cuestión de supervivencia para la humanidad y la mayoría de las especies sobre la Tierra.

El margen de tiempo para actuar si queremos evitar un deterioro ambiental irreversible es increíblemente corto, con sólo una generación más o menos para poner en marcha un cambio de rumbo drástico. Esto al menos es lo que la ciencia nos dice en la actualidad. En estas circunstancias, necesitamos respuestas radicales a corto plazo y una revolución ecológica a largo plazo. Las primeras tienen que ayudar a promover las condiciones para la segunda.

A corto plazo necesitamos, y de ello estoy convencido, un impuesto sobre el carbono como el que propuso James Hansen: un impuesto progresivo sobre los pozos petroleros, minas, etc., con un 100 por ciento de los ingresos dirigidos a la población sobre una base mensual. El objetivo, como dice Hansen, es asegurarse de que el impuesto sobre el carbono se imponga en la medida de lo posible en el punto de producción y que recaiga sobre aquellas personas con una huella de carbono más grande (sobre todo los ricos). Por su parte, la mayoría de la población saldría ganando con la distribución de la recaudación del tributo, ya que su huella es inferior al promedio por habitante.

Ni el capital ni los gobiernos controlados por el capital tendrían el control de estos ingresos, que se derivarían directamente a la población. La aplicación de esto en el tipo de sociedad que vivimos sería, por supuesto, difícil. Pero una vez se entienda a la vez como una protección de la Tierra (subiendo el precio del carbono) y como una redistribución favorable a los de abajo, esta medida ganaría un gran apoyo popular.

Lo cierto es que, mientras nos encontramos en una sociedad capitalista, la vía fundamental para el control de un contaminante –y, desgraciadamente, el dióxido de carbono se ha convertido en esto– será el aumento de su precio. Formas políticas de regulación más directoas deben ser utilizadas también, por supuesto. Por ejemplo, tenemos que prohibir la construcción de centrales de carbón mientras no disponemos de una tecnología de secuestro (y en la actualidad hay toda clase de obstáculos para su obtención), y las centrales de carbón deben ser rápidamente eliminadas. Para lograr esto en la escala necesaria, sin embargo, hace falta una revolución ecológica general que afecte a lo que producimos y consumimos y la forma en que nuestra sociedad está organizada.

¿Hay alguna solución colectiva posible a la crisis ecológica dentro de este sistema (energías renovables, la mejora del transporte público, el cese de las grandes infraestructuras, etc.)?

Una vez más, no existe ninguna solución colectiva dentro de este sistema. Pero podemos promover reformas colectivas desde dentro del sistema, lo que va en contra de su lógica, y ello jugará un papel en la transición a otro sistema controlado por la gente. La nueva sociedad surgirá del interior de la antigua. Fred Magdoff y yo hemos discutido el problema del capitalismo y el medio ambiente en detalle en un artículo que aparece en la edición de marzo de 2010 de Monthly Review, titulado What Every Environmentalist Should Know About Capitalism (“Todo lo que un ambientalista debería saber sobre el capitalismo”).

El punto básico, que requiere por supuesto una elaboración, es el hecho de que el régimen de capital es uno de valor autoexpandible. El capitalismo requiere para su existencia misma un crecimiento económico constante y, más explícitamente, la acumulación de capital. Este sistema puede ser claramente muy eficaz hasta cierto punto en el fomento de la producción y el desarrollo económico. Pero también es muy explotador, y en última instancia conduce a la destrucción de las condiciones ambientales para la existencia. La única solución real social y ecológica es una sociedad no centrada en el crecimiento económico per se, sino en el desarrollo humano sostenible. No importa qué medidas se introduzcan para modernizar el capitalismo ecológico, el sistema requiere un crecimiento constante de la cinta de producción.

Si sustituimos transporte privado por público, introducimos energías renovables y adoptamos otras medidas colectivas, todo esto puede ayudar. Pero estas medidas tienden a ser limitadas, dado el objetivo de acumulación del sistema. La dependencia de los recursos renovables, por ejemplo, es importante. Pero se requiere un sistema que las utilice sólo a un nivel que permita su renovación. El capital empuja más allá de todas estas fronteras.

Lo que esto significa no es que tengamos que renunciar a la promoción de soluciones más sociales, colectivas y públicas. Pero debemos reconocer que ir en esta dirección significa siempre ir contra la lógica del sistema, por lo que hay una organización radical. De lo que hablamos es de tratar de crear, en parte desde dentro del capitalismo, la infraestructura para un tipo de sociedad diferente.

Con una presión constante desde abajo se pueden conseguir algunas cosas, siempre que no afecten sustancialmente a la unidad de acumulación del sistema. Pero si está en riesgo la acumulación, el capital se vuelve, y es probable que las pequeñas victorias se inviertan. La única respuesta –no simplemente como una cuestión de justicia, sino también de supervivencia– es empujar más allá de lo que el capital está dispuesto a aceptar, es decir, promover las necesidades humanas y colectivas más allá del llamado ‘sistema de mercado’. En este caso estamos hablando, si lo llevamos suficientemente lejos como para marcar una diferencia real, de una revolución ecológica y social y de la transición a otro tipo de sociedad.

Algunos movimientos sociales creen que es posible vivir al margen del capitalismo. ¿Crees que esto es posible, o sólo conduce a una atomización de la oposición?

El socialista norteamericano Scott Nearing, que escribió durante muchos años una columna en Monthly Review, fue uno de los líderes de la autosuficiencia y el apoyo al movimiento campesino. No cabe duda de que este tipo de separación de uno mismo de la lógica principal del sistema y sus efectos (un tipo de vida fuera del sistema) constituye una especie de resistencia pasiva –y esta es una forma de resistencia.

A lo largo de la historia de la humanidad, enfrentados a sistemas represivos, los seres humanos han vuelto a la tierra, y cultivan sus propios jardines, por decirlo de alguna manera. Esto puede ser una forma de curación, reagrupamiento, etc. Muchos de los que han ido en esta dirección general han sido pioneros en formas alternativas de agricultura, incluida la agricultura ecológica –la agricultura con apoyo comunitario.

No debemos subestimar el grado en que estas acciones pueden a veces crear alternativas fundamentales para el desarrollo de una nueva sociedad, dentro de los intersticios diferentes del sistema. Pero la verdadera lucha para crear una nueva sociedad requiere, además, la resistencia activa y la organización política: una revuelta directa contra las relaciones de producción existentes. Así que las nuevas fuerzas que fueron obtenidas durante un período de retiro deben ser parte de un resistencia activa.

Retirarse completamente en un sistema capitalista globalizado es en gran parte una ilusión. Es interesante cómo combina Nearing su vida de autosuficiencia con la resistencia continua y activa. Él trabajó desde ambos extremos. Hoy necesitamos personas que sean activas en su resistencia. Si pueden combinar esto con diversas formas de liberarse de la carrera de ratas, mejor aún.

El movimiento por el decrecimiento promueve iniciativas individuales y colectivas en la búsqueda de alternativas al capitalismo. ¿Cuál es tu opinión al respecto? ¿Cómo podemos decrecer globalmente dentro del sistema capitalista?

No podemos. El capitalismo se basa en la acumulación. Se trata de un sistema de crecer o morir y a una escala cada vez más global. Cuando el crecimiento económico, y en particular el crecimiento de las ganancias, no se lleva a cabo, el sistema entra en una crisis, como en la actualidad. Esto se traduce en un desempleo masivo.

Hay un montón de cosas buenas a decir sobre el ‘movimiento por el decrecimiento’. Sin embargo, se basa en el supuesto irreal que es posible un estado estacionario (es decir, una economía de crecimiento cero), según lo previsto por John Stuart Mill en el siglo XIX, de alguna manera en el contexto del sistema actual. Esto es simplemente un malentendido en cuanto a la naturaleza del capitalismo. Como escribió Joseph Schumpeter, el capitalismo sin crecimiento es una contradictio in adjecto. Es cierto que necesitamos una nueva estructura económica centrada en una autosuficiencia. Una reducción general de la escala económica a nivel mundial, en particular en los países ricos, podría ir acompañada de progresos en el desarrollo humano sostenible, la mejora de las condiciones reales de la humanidad al pasar de un individualismo posesivo al colectivismo . Pero esto requeriría una economía socialista para que sea posible (no inevitable).

Si la alternativa al capitalismo es una economía planificada democráticamente, ¿cómo debería funcionar para incluir las cuestiones ambientales?

Creo que debemos recordar la advertencia de Marx en El Capital sobre “escribir recetas de cocina para las tiendas del futuro”. Sería un error tratar de escribir un plan real de una sociedad socialista, entre ellos uno que incorporase las cuestiones ambientales.

Sin embargo, creo que Paul Burkett demostró en un brillante artículo sobre el tema Marx’s Vision of Sustainable Human Development (“La visión de Marx sobre el desarrollo humano sostenible”), en octubre del 2005 en la revista Monthly Review, que la noción de Marx del comunismo se basaba en un desarrollo humano sostenible, y que es, en efecto, únicamente en aquellos términos que podemos entender cómo debería funcionar una sociedad de productores libremente asociados que regulan su metabolismo con la naturaleza.

Hugo Chávez ha definido la lucha por el socialismo en el siglo XXI en términos de ‘el triángulo elemental del socialismo’. De acuerdo con esta concepción, derivada de Marx, el socialismo consiste en: (1) la propiedad social, (2) la producción social organizada por los trabajadores, y (3) la satisfacción de las necesidades comunales. En mi opinión, también se puede hablar de un ‘triángulo elemental de la ecología’, derivado directamente de Marx, que lleva la lucha a un nivel más profundo. Esto puede ser definido como: (1) el uso social, no la propiedad, de la naturaleza, (2) la regulación racional de los productores asociados sobre el metabolismo entre los seres humanos y la naturaleza, y (3) la satisfacción de las necesidades comunales, no sólo de las generaciones actuales sino también de las futuras. Todo ello se explica en detalle al final de la introducción a mi libro The Ecological Revolution, así como en los últimos capítulos de este libro.

Finalmente, ¿por qué tenemos que leer tu último libro, The Ecological Revolution?

Las palabras iniciales del prefacio de The Ecological Revolution son: “Mi premisa en este libro es que hemos llegado a un punto de inflexión en la relación del hombre con la Tierra: toda esperanza para el futuro de esta relación o bien es revolucionaria o es falsa “.

La razón para leer The Ecological Revolution es empezar a abordar esta cuestión, que ahora es, obviamente, la pregunta más importante que enfrenta la humanidad a medida que avanzamos hacia el futuro.

***La entrevista orginal está Enlucha.org, http://enlucha.org/?q=node/2190

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