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Periódico de la Organización Socialista Internacional

Chávez y los déspotas árabes

Posted by Socialismo Internacional en julio 15, 2011

Chávez junto al Presidente de Irán "El enemigo de mi enemigo es mi amigo"

Chávez junto al Presidente de Irán "El enemigo de mi enemigo es mi amigo"

El presidente venezolano Hugo Chávez es internacionalmente respetado por su oposición al imperialismo norteamericano—pero apoya a los dictadores del Medio Oriente que están reprimiendo los levantamientos populares árabes.

Lance Selfa, periodista del diario en línea Socialist Worker, analiza esta aparente contradicción.

CUANDO LA revolución que sacude al mundo árabe golpeó Libia y Siria, sus gobiernos eligieron actuar de la misma manera que la monarquía bahreiní usó contra su propia oposición interna: abriendo fuego contra las multitudes inermes, arrestando miles de manifestantes y declarando las protestas ilegales.

Estas acciones han recibido una condena generalizada por parte de los simpatizantes de las revoluciones árabes. Pero han recibido el apoyo, al menos tácito, del presidente venezolano Hugo Chávez, considerado una importante figura de la izquierda internacional.

“No sé por qué, pero las cosas que han sucedido y están sucediendo allí me recuerdan a Hugo Chávez el 11 de abril”, dijo Chávez a los periodistas, comparando la rebelión democrática en Libia con el golpe de estado derechista en su contra en abril del 2002. El masivo apoyo que recibió de los trabajadores y los pobres de Venezuela derrotó el golpe, retornando Chávez a la presidencia.

El canciller venezolano, Nicolás Maduro, fue incluso más allá, declarando la supresión gubernamental de la sublevación libia ser esencial para “la paz y la unidad nacional”.

Huelga decir que estas declaraciones de apoyo a la represión del levantamiento popular son, por lo menos, desconcertantes para los que simpatizan con el despertar democrático en el Medio Oriente –sobre todo viniendo de Chávez. Sin embargo, los levantamientos populares en el Medio Oriente tienen más en común con la resistencia de masas que derrotó al golpe que con el golpe mismo.

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DESDE QUE fue electo por primera vez en 1998, con un amplio apoyo de los trabajadores y los pobres de Venezuela, Chávez ha desafiado a la ortodoxia neoliberal imperante. Gran parte de la izquierda internacional ha elogiado su paradigmático “socialismo del siglo 21” como un modelo para alcanzar la justicia social en la economía mundial de hoy.

Entonces, ¿cómo es posible que el constructor del “socialismo del siglo 21” pueda apoyar a déspotas como Muammar el-Qaddafi de Libia y Bashar al-Assad de Siria, quienes ordenan disparar a gente que sólo exige libertad e igualdad?

Por supuesto, la derecha internacional tiene una fácil respuesta a esta pregunta. Para ella, Chávez no es más que otro dictador, por lo que su respaldo a Qaddafi, Assad y al presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, es sólo natural.

The Miami Herald, cuyos puntos de vista sobre América Látina siguen estrechamente los de la derecha anti- Castro, editorializó el 2 de mayo: “Con dictadores cayendo como fichas de dominó en todo el Medio Oriente, el presidente vitalicio de Venezuela, Hugo Chávez, se muestra inquieto acerca de su propio despótico régimen”.

Diego Arria, ex diplomático venezolano que se identifica con la oposición derechista a Chávez, dijo en una pequeña manifestación frente a la embajada libia en Caracas. “Hugo Chávez es cómplice con la tiranía de Qaddafi. Si su amistad con Qaddafi es mayor que su responsabilidad como jefe de estado, entonces debe ir a Trípoli y ayudarlo allí, pero no en el nombre de Venezuela”.

Antes de aceptar estas condenas, debemos tener en cuenta su origen. La derecha venezolana –la que opera con mucha más libertad en Venezuela que cualquier oposición en Libia, Siria, o Arabia Saudita para el caso– no tiene credenciales democráticas que mostrar. Estas son las mismas personas que iniciaron el fallido golpe del 2002, y que aplaudieron el golpe de estado en Honduras, en 2009, contra un aliado de Chávez, el presidente Manuel Zelaya.

Lo que es más, es hipócrita para las fuerzas anti-chavistas señalar el apoyo de Chávez a Assad, y al mismo tiempo ignorar el de otros líderes mundiales, incluyendo el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y la monarquía de Arabia Saudita, que apoyan al régimen sirio como un baluarte de “estabilidad” en la región.

Claramente, Chávez no tiene mucho en común con los políticos reaccionarios del Medio Oriente. Pero al prestar su credibilidad a figuras como Qaddafi y Assad, él está socavando el apoyo que había ganado liderando el “socialismo del siglo 21”.

Cuando Chávez denunció en el 2006 la guerra israelí contra Líbano y expulsó a su encargado de negocios en Venezuela, el pueblo árabe y la gente de izquierda aplaudieron de pie. Dima Khatib, corresponsal de Al Jazeera en América Latina, escribió en aquel entonces: “Hoy, en muchos sitios de Internet en árabe, se puede leer comentarios como: ‘Soy palestino, pero mi presidente es Chávez, no Abu Mazen’, o ‘Ya no quiero ser árabe. A partir de hoy soy venezolano'”

Además, para millones de árabes, el uso de la riqueza petrolera de Venezuela para financiar una amplia gama de “misiones sociales” que favorecen a los pobres es un favorable contraste con el modo en que las cleptocracias del Golfo hacen alarde de su caudal.

Pero el apoyo de Chávez a Qaddafi y Assad cambia la situación. Khatib escribió en Tweeter.com el pasado 5 de mayo: “Ahora, desde el comienzo de las revoluciones, tanto Chávez como [el primer ministro turco] Erdogan han perdido popularidad en el mundo árabe. Chávez más que Erdogan . “

Cuando Ahmadinejad se robó las elecciones iraníes del 2009 y desató la represión contra el movimiento de masas que salió a protestar, Chávez intervino para decir: “el triunfo de Ahmadinejad fue un triunfo completo.” Chávez llamó a Ahmadinejad “un luchador valiente por la Revolución Islámica, la defensa del Tercer Mundo y la lucha contra el imperialismo.”

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AL CONTRARIO de lo que la derecha dice, los elogios que Chávez da a los déspotas del Medio Oriente derivan más de la geopolítica que de una afinidad política con ellos, y en parte fluyen de una actitud de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. El gobierno de EE.UU. no oculta su desprecio por Chávez, Ahmadinejad y otros líderes que se niegan a someterse a sus dictámenes.

Chávez y Ahmadinejad han formado una alianza en la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) para empujar contra las posiciones pro-estadounidenses de las monarquías petroleras del Golfo. Junto con Rusia, Venezuela e Irán han formado lo que el Wall Street Journal descaradamente llamó “un eje de irritación” al sistema mundial de energía dominado por Estados Unidos.

Siendo el quinto proveedor de petróleo a Estados Unidos, Venezuela tiene mucho más margen de maniobra en el escenario mundial de lo que EE.UU. querría. Su alianza con otras potencias energéticas fuera del bloque de hegemonía estadounidense es coherente con su voluntad de impugnar otras de sus prioridades globales, desde el apoyo a Israel y las guerras en el Medio Oriente a los pactos de “libre comercio” liderados por Estados Unidos.

Pero incluso si mientras millones de personas en todo el mundo admiran a Chávez por su disposición a desafiar a Estados Unidos, no debemos perder de vista la contradicción de su posición. Como cabeza de lo que sigue siendo un estado capitalista que opera en un sistema capitalista mundial, Chávez todavía ve la política desde ese punto de vista. Incluso, al forjar relaciones más estrechas con los países del “Sur Global”, el gobierno de Chávez ha desarrollado vínculos con burocracias estatales de todo el mundo.

De acuerdo con el izquierdista Aporrea.org, un sitio de noticias venezolano, Chávez recientemente señaló: “El rey Fahd de Arabia Saudí era un amigo mío, el rey Abdullah es un amigo … El emir de Qatar es un amigo, y el presidente de Siria, que vino aquí, también. Y [el presidente de Argelia] Bouteflika. “

Esta simplista demostración de su trato a la par con dictadores del Medio Oriente muestra las limitaciones de su visión de cambio, centrada en el estado. Tener que operar dentro de las normas internacionales de las relaciones entre estados ha significado que, sea cual sea su punto de vista subjetivo, no podemos contar con Chávez para defender los movimientos sociales o de oposición en otros países.

Como su amigo Fidel Castro, quien por años mantuvo relaciones cordiales con los gobiernos autoritarios del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en México, incluso cuando el PRI reprimió a la izquierda mexicana, Chávez está principalmente preocupado por atender los intereses del Estado venezolano.

Más evidencia de esto se produjo en abril, cuando el gobierno de Chávez detuvo y deportó sumariamente a Colombia al periodista y activista por los derechos humanos Joaquín Pérez Becerra, a quien el gobierno colombiano acusaba de ser un agente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Pérez, editor de una agencia de noticias que reporta abusos contra los derechos humanos en Colombia, recibió asilo político y ciudadanía en Suecia después de huir de su país natal.

Esta acción de Chávez provocó un escándalo en toda la izquierda venezolana, incluso entre aquellos que por lo general lo apoyan más férreamente. La izquierda correctamente preguntó por qué el gobierno venezolano parecía estar haciendo el trabajo sucio del gobierno derechista de Colombia. Chávez admitió que él personalmente autorizó la operación, elogiada por el presidente colombiano Juan Manuel Santos. El gobierno venezolano afirmó que no tuvo más opción que hacer cumplir una “alerta roja” de la INTERPOL contra Pérez Becerra, pero aun no es claro cuándo, o incluso si, se emitió una alerta.

Colombia ganó el silenciamiento de uno de sus críticos, y a cambio Chávez recibió los elogios de los funcionarios colombianos y un posible deshielo de las relaciones con su vecino país. Previamente, Venezuela había roto relaciones con el ex presidente colombiano Álvaro Uribe sobre la acusación de que Venezuela albergaba las guerrillas de las FARC, pero los dos países ya han re-establecido lazos y restaurado acuerdos comerciales.

Huelga decir que satisfacer un gobierno que se auto-promueve como un puesto de avanzada contra la “marea rosa” de gobiernos reformistas en América Latina de la última década no es manera de avanzar la izquierda o los movimientos sociales del continente. Igualmente, cubrir con el manto del “socialismo del siglo 21” a los déspotas del Medio Oriente no es manera de construir solidaridad internacional.

Incluso si Chávez y su gobierno sucumben a su propia versión de “política real”, las organizaciones obreras y los movimientos sociales de Venezuela deben solidarizar con los revolucionarios árabes, que luchan, después de todo, por los mismos objetivos de justicia, la igualdad y la dignidad.

Originalmente publicado en ObreroSocialista.org

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