Socialismo Internacional

Periódico de la Organización Socialista Internacional

Todo Egipto es Tahrir

Posted by Socialismo Internacional en julio 8, 2013

9202196215_2cd7de4a00_o-aEl presidente egipcio, Mohamed Morsi, fue derrocado a manos de los militares, quienes fueron la columna vertebral del régimen dictatorial de Hosni Mubarak. Pero la masiva celebración en la plaza Tahrir, y en todo Egipto, representa el verdadero rostro de esta última etapa de la Revolución Egipcia.

La caída de Morsi vino cuatro días después de una masiva protesta que involucró varios millones de egipcios, culminando la campaña de peticiones Tamarod (Rebelión), solicitando la renuncia de Morsi. Revolucionarios egipcios señalan que las manifestaciones del 30 de junio tuvieron un mayor alcance que aquellas de febrero de 2011, en cada región del país.

Aquí les presentamos varios escritos para entender lo que está sucediendo actualmente con la revolución en Egipto.

Ahmed Shawki, editor de la Revista Internacional Socialista y testigo ocular de la revolución de febrero de 2011, en entrevista con Eric Ruder, habla sobre las causas de la caída de la Hermandad Musulmana y acerca de qué dinámicas entran juego en esta nueva ola de la Revolución Egipcia.

MUCHOS MEDIOS de comunicación occidentales retratan la caída de Morsi como resultado de un golpe de Estado, pero su contexto inmediato fue la masiva movilización del 30 de junio. ¿Qué significado político tiene el hecho de que los militares hayan intervenido para destituir a Morsi?

ANTES DE hablar de la destitución de Morsi a manos de los militares egipcios, vale la pena recordar que el ejército fue el heredero de la primera ola de la revolución que comenzó el 25 de enero de 2011, y vio la salida de Hosni Mubarak 18 días más tarde, el 11 de febrero.

En ese momento, el ejército intervino y trató de guiar –y en última instancia, secuestrar– dos procesos simultáneos. Un proceso fue la transformación de Egipto, puesto en marcha por el levantamiento, y el otro fue el proceso político de la elaboración y aplicación de una constitución.

Las FF.AA. han tenido una gran influencia en la política egipcia moderna. Por ejemplo, el derrocamiento de la monarquía en 1952 y la instalación en el poder del Movimiento de Oficiales Libres, cuando Gamal Abdel Nasser, un coronel de ejército, llegó a la presidencia en 1956. Pero el ejército es muy diferente hoy –y mucho más grande, también. Hoy ejército no sólo es un poder político y militar, sino también un gran poder económico, ya que es dueño directo de grandes porciones de la economía egipcia.

Otro factor es quién entrena a las fuerzas armadas. Durante el régimen monárquico, el ejército había sido entrenado por británicos o franceses. Bajo Nasser, la orientación fue hacia la ex Unión Soviética, y los oficiales del ejército fueron entrenados y educados allá. Hoy en día, los líderes militares son entrenados y educados en academias militares de Estados Unidos. Así que, en gran medida, las fuerzas armadas egipcias tienden a identificarse con las instituciones de poder estadounidenses.

Una vez que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) asumió el liderazgo político después de Mubarak, el ejército se movió rápidamente a ratificar una constitución. Esta constitución benefició en gran medida a la tercera fuerza política en Egipto después de los militares y los remanentes del régimen de Mubarak (el feloul), la Hermandad Musulmana (la Hermandad).

Desde entonces, los militares dependieron de la Hermandad Musulmana para contener la revolución. La Hermandad ganó las primeras elecciones parlamentarias, y luego ganó la presidencia.

Aunque la Hermandad pueda decir que ha logrado esto democráticamente, la mayoría del pueblo egipcio consideró el proceso de ratificación de la Constitución fraudulento. Ésta fue escrita en prácticamente un día, su aprobación fue apurada, e incluyó todo tipo de disposiciones que Morsi, después de su elección, pudo explotar.

Durante el año pasado, Morsi sobrepasó su mandato en varias maneras y marginó amplios sectores de la sociedad egipcia, y se hizo evidente que Morsi tenía la intención de promover los estrechos intereses de la Hermandad en lugar de promover de los de la mayoría de los egipcios, airados por años de privación, represión y pobreza. El ataque de Morsi a la minoría cristiana copta, con el fin de reforzar su apoyo entre los islamistas, fue un ejemplo obvio. Pero él fue mucho más allá.

Creo que el momento más importante que nos ayuda a entender la situación actual ocurrió a finales del año pasado, cuando Morsi era aclamado por los medios estadounidenses; la portada de la revista Time lo llamó “el hombre más importante en el Medio Oriente”. Esto fue inmediatamente después de que él ayudó a negociar un acuerdo entre Israel y Gaza, a raíz de la operación israelí Columna de Nube.

Yo estaba en Egipto en ese momento, y la portada de Time golpeó los quioscos al mismo tiempo que decenas de miles de personas salieron a las calles para protestar el intento de Morsi de imponer un decreto de emergencia para consolidar más poder en sus manos. Esto reavivó el movimiento de oposición. Las fuerzas de Morsi respondieron con duros ataques contra los manifestantes, quedando claro que las aspiraciones planteadas por la revolución aún estaban incumplidas.

Es notable la rapidez con que Morsi, la Hermandad, y el Partido Libertad Justicia alienó a un número tan grande de personas. El movimiento Tamarod (Rebelión) se dispuso a enarbolar lo que sus organizadores consideran los objetivos de la revolución: pan, libertad, justicia social y dignidad; es decir, una mejor vida para la mayoría de los egipcios.

Los organizadores de Tamarod se propusieron recoger 15 millones de firmas en una petición por la renunciar de Morsi. Al final, consiguieron 22 millones de firmas en un período de aproximadamente seis semanas. ¡Un logro increíble! Tamarod fijó el 30 de junio, el primer aniversario de la toma de posesión de Morsi, como un día de protesta nacional para todos los movilizados por la campaña.

No creo que nadie podría haber predicho el asombroso resultado. La BBC describió la movilización del 30 de junio como la mayor manifestación en la historia de la humanidad.

Esta fue una asombrosa erupción de apoyo y solidaridad. La gente estaba en las calles de todas las ciudades del país, grandes y pequeñas. Lo más sorprendente fue que en el sur del país, centro histórico y base fundamental de la Hermandad, el apoyo a Morsi prácticamente se evaporó.

Por una serie de razones, el sur es históricamente más pobre y religioso; no muy diferente a las zonas rurales en muchas partes del mundo, incluyendo el sur de Estados Unidos. También es altamente dependiente del turismo, por lo tanto, la región del sur vio la revolución como una interrupción.

Hoy, todo es diferente, y no sólo en el sur.

Es importante entender qué condujo a este cambio. Primero, no es sólo la incompetencia, la estupidez y el abuso de Morsi lo que explican el colapso épico del apoyo con que contaba. Las revoluciones, en particular, y todos los movimientos sociales, en general, tienen dinámicas que las atraviesan. Un aspecto de esto es que una población altamente politizada surgió tras el estallido de la primera revolución, y con ella, decenas de periódicos, nuevos sindicatos, debate y protesta políticos, y otras actividades. Todo esto significa que ahora hay una mayor conciencia política y confianza de la gente para actuar.

El intento de Morsi de tomar una mayor cuota de poder falló, pero el pueblo, con razón quedó inquieto por otro intento. Así, el movimiento Tamarod proporcionó un vehículo con el cual la gran mayoría del pueblo egipcio pudo hacer que Morsi pagara el precio político de sus acciones.

A finales del año pasado, por ejemplo, en medio de la polémica creada cuando trató de restablecer un decreto de emergencia similar a los ejecutados durante el régimen de Mubarak, Morsi anunció una serie de recortes a algunos subsidios básicos, con el fin de calificar para un préstamo del FMI.

Esta no fue una idea muy brillante. Aquellos preocupados por la Constitución ya estaban enojados con él por su acaparamiento del poder. Y aquellos que fueron su justificación para acaparar más poder, con el fin de crear “estabilidad en un nuevo Egipto”, fueron las víctimas de los recortes a los subsidios para alimentos básicos, de los que la mayoría de la población depende. Morsi reculó rápidamente porque sus asesores, su segundo al mando y su propio partido le denunciaron, aunque más por lo inoportuno del tiempo que por la sustancia de su propuesta.

En otro ejemplo de su arrogancia y estupidez, Morsi nombró recientemente 15 gobernadores a diversas provincias (Egipto está dividido en 27 provincias). El hombre que é designó para ser el gobernador de Luxor pertenece al partido al Gama’a al-Islamiyya, un partido islamista y conservador responsable de ataques con bombas a transbordadores.

Esto presenta un pequeño problema. Luxor es uno de los principales destinos turísticos en el mundo. Así que el nombramiento de alguien conectado al bombardeo de turistas, no ayuda realmente a la industria turística. Ante la situación, el ministro de turismo renunció.

LOS GOLPES militares generalmente anuncian la derrota del proceso revolucionario, y a menudo son la representación más extrema de la contrarrevolución. La intervención de los militares para sacar a Morsi, el nombramiento de un nuevo presidente y la promesa de nuevas elecciones, ¿representa todo esto la victoria de la contrarrevolución?

ABSOLUTAMENTE NO. En toda sociedad capitalista y en cada estado-nación del mundo, los militares son el árbitro final, en cierto sentido, de la dominación de la clase en el poder –o es el representante de una u otra fracción o grupo de esa clase.

Tomemos, por ejemplo, la contrarrevolución en Chile en 1973, de la cual el 11 de septiembre de este año será su 40º aniversario. Sin entrar en toda la historia, Chile había sido gobernado por partidos políticos de derecha y un fuerte ejército, con la sistemática intervención por las fuerzas militares de Estados Unidos siempre en el trasfondo. En 1964, por ejemplo, Washington gastó más dinero en las elecciones chilenas que en las elecciones presidenciales de EE.UU. ese mismo año.

En 1970, un movimiento de masas llevó a la victoria electoral del socialista Salvador Allende, al frente de la Unidad Popular. Fue entonces que el Secretario de Estado Henry Kissinger acuño su famoso dicho: “No veo por qué tenemos que esperar y ver a un país volverse comunista por la irresponsabilidad de su pueblo. Estos asuntos son demasiado importantes para dejar a los chilenos decidir por sí mismos”.

Quedaba claro que Kissinger y el establecimiento gringo tenían la intención de imponer una solución militar. Esperaron, sabotearon la economía y canalizaron dinero a grupos de derecha, incluso grupos terroristas, todo ello en un intento de socavar el gobierno de Allende. Al final, una junta militar tomó el poder, sacrificando a decenas de miles de radicales para aleccionar al pueblo sobre qué es y qué no es aceptable al gobierno yanqui. Pero no fue sino hasta la fase de decadencia del movimiento popular que el ejército pudo finalizar la contrarrevolución.

En Egipto, igualmente, el ejército desea contener el movimiento revolucionario. Por supuesto, no intervino para ayudar al movimiento a hacer mayores ganancias o radicalizarlo aún más.

Pero, en cierto sentido, el golpe vino también ante el reconocimiento de que la voluntad popular no toleraría el gobierno Morsi por más tiempo. Así, mientras que el ejército salió a las calles y sobrepasó los límites constitucionales de su poder, creo que va a buscar algún medio para volver rápidamente a una autoridad civil. Yo no creo que quiera mantenerse en el poder estatal.

Hay una situación de crisis en la economía y sociedad egipcias que podría llevar a una radicalización más profunda en las demandas del movimiento. En todo el país, el pueblo se está organizando y luchando por los derechos que sienten le han quitado. Es por eso que creo que es un error hablar sobre el papel de los militares en abstracto, sin tener en cuenta lo que realmente está ocurriendo sobre el terreno.

La estrategia de la Hermandad para restablecer orden en Egipto fue la represión para poner fin a constantes las huelgas y protestas. Ellos realmente trataron de reprimir, en connivencia con el ejército.

Pero aún más que eso, Morsi y la Hermandad empezaron a utilizar la clásica estrategia de dividir para conquistar, al igual que Mubarak antes. Por ejemplo, la campaña contra los coptos y la agitación de los antagonismos religiosos con la infinitesimalmente pequeña población chiíta, pequeña incluso en relación a los coptos, quienes representan el 10 por ciento de la población de Egipto. Pero es el mismo proceso en cualquiera de los casos; un intento de utilizar la religión con fines políticos y sociales.

Esto enfureció a muchos porque no tiene nada que ver con el Islam como una doctrina religiosa. La mayoría de los egipcios son musulmanes, pero no necesariamente concuerdan con el programa político de la Hermandad, que ha atacado a las minorías cristianas, a otras corrientes islámicas y a las mujeres en busca de ganancias políticas; en la misma la forma en que los fundamentalistas cristianos gringos han utilizado “temas cuñas”, tales como el matrimonio gay y el aborto, para empujar su más amplia agenda.

El 30 de junio, muchos de los jóvenes que fueron la vanguardia de la lucha revolucionaria en 2011, e iniciaron del movimiento Tamarod, una vez más dejaron muy claro que salieron a las calles por todos los egipcios, no sólo por algunos. El significado de aquello tiene un profundo contenido progresista.

Por supuesto, el ejército, el feloul y los liberales dicen “todos somos uno” y “todos tenemos los mismos intereses”, pero eso no es el mismo sentido de unidad del que estoy hablando. Cuando los que dirigen el movimiento revolucionario dicen, “Estamos por todos los egipcios”, se refieren a la solidaridad entre ordinarios egipcios, en lugar de “representamos a los musulmanes solamente”.

En ese sentido, es una forma de decir: “Esta revolución es sinónimo de libertad y derechos para todos, no sólo a algunos de nosotros”. El retorno a este tipo de empuje, en lugar de la violencia y la rivalidad sectarias, o de la lucha en defensa de los intereses de uno u otro partido político, es un avance tremendamente importante.

POR MÁS de 50 años, la Hermandad Musulmana construyó una base de apoyo y un nivel de influencia que le permitió proyectarse a una posición de liderazgo político tras la caída de Mubarak, pero en un año se ha deshecho. ¿Qué significa esto para la Hermandad y para Egipto en general?

ES DIFÍCIL predecir nada. Primero, ¿qué va a pasar con la Hermandad? Es obvio que es la tercera fuerza política en Egipto. Si la clase capitalista es un polo y el ejército el otro, la Hermandad es el tercero. Es apoyada en algunas cosas y opuesta por otras. Todavía existen esos tres polos de influencia, y ahora la pregunta abierta es el Estado –y por quién quedaría políticamente representado dentro.

Luego está el feloul, que también se está organizando. Pero debido a las condiciones dictatoriales bajo Mubarak, ninguna de estas fuerzas está definida, ni bien organizada en grupos políticos. Un número de esos grupos carecen de legitimidad. Así que un escenario posible es un aluvión de nuevos partidos y alianzas, como pasó un año y medio atrás, cuando el sistema político post Mubarak comenzó a definirse.

Pero también el pueblo ha aprendido muchísimo de lo que hizo o dejó de hacer durante ese tiempo.

Creo que el reto más importante será encontrar una manera de dar expresión política y organizativa a los aspectos del movimiento. El objetivo no es simplemente hacer campaña por un cargo a nivel presidencial o parlamentario, sino lograr que las organizaciones contiendan por un espacio político en este momento, y para asegurarse de que el movimiento no sea empujado hacia atrás. Creo que los próximos meses en Egipto va a ser muy interesantes de seguir, y lleno de sorpresas.

Traducido por Orlando Sepúlveda

Cuatro días que sacudieron al mundo

July 8, 2013

El presidente Mohamed Morsi y la Hermandad Musulmana han sido derrocados del poder por los militares, a raíz de las masivas manifestaciones del 30 de junio que mostraron a todos que Morsi había perdido toda pretensión de legitimidad y apoyo popular.

Ahora, como los Socialistas Revolucionarios de Egipto afirman en su declaración, la siguiente fase de la Revolución Egipcia –la primera resultó en el derrocamiento de Hosni Mubarak en febrero de 2011– ha comenzado, y los revolucionarios deben ponerse a la altura del desafío ofreciendo una alternativa que responda a las demandas de la revolución: pan, libertad, justicia social y dignidad.

Protesters rejoice as Mohamed Morsi and his Muslim Brotherhood government are toppled

LO QUE sucedió el 30 de junio fue, sin la menor duda, el histórico principio de una nueva fase de la Revolución Egipcia, la mayor desde enero de 2011. El número de personas que participó ese legendario día se ha estimado exceder los 17 millones de ciudadanos, algo sin precedentes en la historia.

El significado de esto supera cualquier participación de los remanentes del antiguo del régimen [los feloul] o del aparente apoyo del ejército y la policía. Las manifestaciones masivas de millones son eventos extremadamente raros en la historia de la humanidad, y su efecto en la conciencia y la confianza de la población en sí misma y en su poder de cambiar el curso de la historia trasciende las limitaciones de las consignas enarboladas y las alternativas políticas planteadas.

Sí, la élite burguesa liberal quiere utilizar el impulso de las masas para derrocar la dominación de la élite islamista, y tomar con el poder, con el respaldo y apoyo del estamento militar. Y es cierto que los feloul quieren volver a la escena política por medio de esta nueva ola revolucionaria. Pero hay una lógica especial a las revoluciones populares que no se somete a las ilusiones o planes liberales o feloul, aunque sectores de las masas se hayan visto temporalmente influenciadas por las consignas y promesas de esa élite, tal y como lo fueron una vez por las consignas y promesas de la élite islamista.

Sí, ahí está la influencia de los grandes medios de comunicación y sus campañas propagandísticas, realizada por sectores de la clase dominante opuestos a la Hermandad Musulmana, acerca de cómo el ejército y la policía están con el pueblo, o de su neutralidad y patriotismo, ¡o incluso de su “naturaleza revolucionaria”! Pero esta influencia es momentánea y superficial, y no puede borrar de la memoria, ni de la experiencia directa del pueblo, el carácter contrarrevolucionario y opuesto a las masas de las instituciones de las fuerzas armadas o los servicios de seguridad.

La verdadera razón de esta influencia temporal es la traición de la oposición liberal de los objetivos de la Revolución Egipcia y la sangre de sus mártires, realizada por el Frente de Salvación Nacional con el fin de acortar su camino hacia el poder. La verdadera razón es la ausencia de una alternativa política revolucionaria unida capaz de exponer el Frente y ganarse a las masas a un programa revolucionario concreto, un proyecto que pueda superar tanto las elites liberal e islamista, y avanzar profundizando la Revolución Egipcia y barriendo todas las instituciones del antiguo régimen, incluidas las militares y de seguridad, en el corazón de la contrarrevolución.

Las masas no se rebelaron otra vez buscando un gobierno militar, ni por amor a la alternativa liberal o feloul a la Hermandad. Ellas se rebelaron otra vez porque Morsi y la Hermandad traicionaron la revolución. La Hermandad no implementó ni una de las demandas de la revolución por justicia social, libertad, dignidad humana o la retribución de los mártires de la revolución, caídos a manos de Mubarak y al-Adly, o del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF), o de la Hermandad y el Ministerio del Interior durante su gobierno.

De hecho, el gobierno de la Hermandad profundizó las mismas políticas llevadas a cabo por el régimen de Mubarak; el empobrecimiento, la corrupción y la defensa desesperada de las grandes empresas al servicio de los intereses norteamericanos y sionistas.

En vez de purgar del aparato estatal la corrupción y los que se untan las manos con la sangre de los mártires, ya sea en el Ministerio del Interior, el aparato militar o la policía secreta, la Hermandad celebró su contubernio con ellos, con la esperanza de participar en la administración del Estado, junto con el feloul y los hombres de Mubarak.

Por lo tanto, el gobierno de la Hermandad se convirtió en una extensión, en cada nivel, del régimen de Mubarak contra el que el pueblo egipcio se había rebelado.

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ESTA ES la esencia de la nueva explosión revolucionaria que se inició el histórico 30 de junio. La Hermandad no entendió esta esencia, por lo que su popularidad se evaporó en cuestión de meses. Y esto es lo que los líderes de las fuerzas armadas no entienden, ni tampoco su cubierta civil representada por los liberales y feloul del Frente de Salvación Nacional. Porque ellos no fueron obligados a punta de cañón a seguir las mismas políticas aplicadas por Morsi, el consejo militar y Mubarak antes que ellos; las mismas políticas económicas neoliberales, las mismas alianzas estratégicas con las monarquías represivas del Golfo Pérsico, la misma dependencia humillante en el colonialismo norteamericano y sionista.

Los gobiernos y los medios de comunicación de la burguesía estadounidense y europea tratan de describir lo sucedido en Egipto como si no fuera más que un golpe militar contra un presidente democráticamente elegido, o un golpe de estado en contra de la “legitimidad” de la democracia formal. Pero lo que ha sucedido en la realidad supera con creces la democracia formal y sus urnas. Se trata de la legitimidad a través de la democracia de la revolución popular; democracia directa creando legitimidad revolucionaria. Se abre el horizonte a nuevas formas de poder popular, que empequeñecen la democracia temporal de las urnas, que se traduce en nada más que mantener la dominación de la burguesía, por medio de sus diferentes alas.

La democracia temporal de las urnas sólo asegura la permanencia del poder del aparato estatal capitalista. Asegura las ilusiones del pueblo que cree gobernar porque elige una vez cada cierto número de años qué élite burguesa le gobernará y explotará; sin, por supuesto, conseguir acercarse al aparato estatal o las corporaciones capitalistas protegidas a través de la manipulación de las urnas.

Lo que ha ocurrido en Egipto es la máxima expresión de la democracia, una revolución de millones de personas para derrocar directamente a un gobierno. En cuanto a la destitución militar de Morsi; ésta no fue más que la inevitable conclusión una vez que los generales vieron que las masas ya habían resuelto el problema en las calles y plazas de Egipto.

El-Sisi hizo el 3 de julio de 2013, lo que Tantawi lo hizo antes que él, el 11 de febrero de 2011; él accedió a la voluntad del pueblo rebelado, no por patriotismo ni ningún fervor revolucionario, sino por miedo a la revolución. Porque si El-Sisi no hubiera intervenido para destituir a Morsi, la revolución no se habría detenido con Morsi y la Hermandad; porque ella era, y sigue siendo, capaz de transformarse en una revolución social completa que destituya a todo el Estado capitalista, incluyendo a los líderes del estamento militar.

Los generales son hostiles a la Revolución Egipcia. Se deshicieron de Mubarak para salvarse de la línea de fuego de la revolución. El ejército se deshace de la Hermandad y Morsi, sus antiguos aliados, con el temor de que el terremoto revolucionario le dé alcance. Al igual que amplios sectores de la población fueron tocados por la ilusión de la neutralidad militar y su apoyo a la revolución al comienzo del gobierno SCAF, ahora son tocados por la propaganda mentirosa del heroísmo y lealtad revolucionaria de El-Sisi y sus generales.

Pero así como las masas rápidamente dejaron atrás la propaganda de los días de Tantawi a través de la experiencia y de la lucha, dejarán otra vez atrás la ilusión de que “el ejército y el pueblo son una mano” en las semanas y meses venideros.

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LAS MASAS egipcias han logrado derrocar a dos presidentes en 30 meses. Este gran poder no sólo se refleja en las poderosas protestas de millones, sino también en las posteriores olas de huelgas y manifestaciones populares. Porque la confianza política se transformará en confianza en la lucha social y económica, y viceversa.

Después de la primera oleada revolucionaria, el ejército había apostado en la capacidad de organización y en el populismo de la Hermandad para coaptar y abortar la revolución. Pero esta apuesta falló el 30 de junio. Ahora, el ejército apuesta a la oposición liberal con el mismo objetivo. Pero la vasta brecha entre las expectativas de las masas revolucionarias y lo que las fuerzas liberales tienen para ofrecer en políticas económicas y sociales, en medio de una profunda crisis económica, conducirá rápidamente a la exposición de estas fuerzas, y detrás de ellas, a los verdaderos gobernantes de Egipto, las instituciones militares y de seguridad.

Uno de los peligros que enfrentaremos en las próximas semanas y meses es que la represión dirigida a la Hermandad Musulmana y el movimiento islamista será utilizada como propaganda por los liberales, y por motivos de seguridad por el ejército y la policía, para atacar al movimiento obrero y las protestas populares, bajo el pretexto de mantener la estabilidad durante “este crítico período”. La restauración de la confianza en el aparato de seguridad reprimiendo a los islamistas se traducirá, sin lugar a dudas, en una ola de represión contra las huelgas y sentadas, con la gruesa cubierta de los medios de comunicación burgueses.

Por esto, debemos ser coherentes en la lucha contra toda forma de abuso y de represión a la que los islamistas serán sometidos –detenciones, cierres de canales y periódicos, etc.– porque lo que suceda hoy a los islamistas sucederá mañana a los trabajadores y a la izquierda.

El dilema de la Revolución Egipcia hoy es la debilidad política de las fuerzas revolucionarias que desean continuar la revolución, con sus demandas sociales en el centro. Para estas fuerzas, las urnas no son suficientes, y no van a aceptar la continuación de las políticas capitalistas de empobrecimiento. No van a renunciar a la demanda de retribución por la sangre de los mártires revolucionarios. Ellas seguirán insistiendo en el derrocamiento del Estado de Mubarak, incluidas sus instituciones de seguridad, militares y judiciales. Estas instituciones siguen controlando el país y aún protegen los intereses del gran empresariado y feloul de Mubarak. Sigue habiendo un gran pantano de corrupción, saqueo y despotismo.

Corresponde a las fuerzas revolucionarias de hoy unir sus filas y presentar una alternativa revolucionaria convincente a las masas; una alternativa a las fuerzas liberales que están en ascenso hoy sobre los hombros de los militares, y a las fuerzas islamistas que han dominado amplias franjas de la población durante décadas. Tenemos que crear una plataforma para unir la lucha económica y social entre las filas de los trabajadores y los pobres, y unir a todos los sectores oprimidos de la sociedad. Porque sólo estos tienen interés en continuar la revolución, interés en derrocar al corazón del régimen y no sólo sus representantes, ya sea Mubarak o Morsi en el pasado, o ElBaradei en un futuro próximo.

Así que comenzamos desde este momento los preparativos de la tercera ola de la Revolución Egipcia que inevitablemente vendrá, para estar listos a liderar esta revolución a la victoria final. Porque las masas han demostrado de nuevo que su energía revolucionaria es infinita, y que su revolución es en verdad una revolución permanente. Vamos a elevarnos a la altura de esta responsabilidad histórica, y vamos a trabajar juntos para el éxito de la revolución.

Traducido del árabe al inglés por Jess Martin y del inglés al español por Orlando Sepúlveda

Nueva Etapa para la Revolución Egipcia

De todas las formas en que Mohammed Morsi, ahora expresidente de Egipto, pudo caer, el golpe de estado miliar fue la mejor y la peor.

La mejor porque se desarrolló de una gran movilización revolucionaria en las demostraciones del 30 de Junio. La peor porque los militares egipcios han intervenido para detener la profundización de las movilizaciones, proceso que pudo amenazar no solo al gobierno de Morsi, sino a toda la  estructura de poder de la clase capitalista.

John Rees analiza cómo el ejército intenta acaparar el proceso político en Egipto para evitar la radicalización de la revolución.

No podemos definir claramente si la acción de la milicia resultará en enfrentamientos armados que puedan alterar la misma naturaleza de la lucha en Egipto. Esa es una razón por la que hubiese sido mejor que las masas acabaran con el régimen de Morsi por sus propios medios.

No cabe duda de las razones, más que justificadas, para levantarse contra Morsi. Su gobierno cayó porque, poniéndolo en palabras del epígrama del revolucionario St Just durante la Revolución Francesa, “aquellos que hacen la revolución a mitad, cavan su propia tumba”.

La Hermandad Musulmana (HM) fue tan fácilmente comprada por la clase dominante Egipcia, tan ingenuamente complacida con el control del gobierno pero sin poder real, como para imaginar siquiera ser un vehículo adecuado dentro de una revolución social de tal magnitud y radicalización como la revolución Egipcia.

La administración de la HM hizo muy poco para aliviar los reclamos de los pobres de Egipto, muy poco para defender la organización obrera, y muy poco para hacer democrático el sistema político.

Y encima de eso, intentó hacer un trato con el aparato de seguridad del antiguo régimen. Pero como solía decir R. H. Tawney, “se puede pelar una cebolla hoja por hoja, pero no se puede despellejar un tigre garra por garra”. Ahora el tigre del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) se desayunó a los HM.

El CSFA  ha utilizado el aumento sin precedente del descontento que definió las demostraciones del 30 de junio, para entrar en escena e intentar ganar la base política que perdió durante la revolución original y, siendo justos, también la que perdió cuando su hijo preferido, Ahmed Shafique, sucumbió en las presidenciales hace un año contra Morsi.

Pero esto no es un golpe de estado directo. El golpe solo fue posible en condiciones de movilización masiva. Como Jack Shenker, del periódico The Guardian, resalta: El hecho de que las protestas de masa en las calles forzara una crisis política es un testimonio de la fuerza de la revolución. Pero el que haya dado lugar a un golpe militar muestra al mismo tiempo su debilidad.

En la revolución original, el CSFA removió del poder al dictador de 30 años Honsi  Mubarak a penas 18 días después de comenzada las protestas masivas porque temían que la profundización de la revolución podía sacarlos a ellos también si no actuaban.

Hoy día el CSFA intervino para evitar que fuera el pueblo el que derrocara a Morsi  porque esto hubiese elevado el espectro de una segunda revolución, que podría amenazar la “estructura del estado”, incluyendo el rol central que tiene la milicia ahí. Fue un golpe preventivo. No para prevenir acciones de parte de Morsi, quien no les causaba amenaza alguna. Fue para evitar y prevenir una acción radical por las masas, quienes son la amenaza real para el CSFA.

Esta paradoja esta incluso ahora en las mentes de algunos manifestantes en la plaza Tahir que aplauden las acciones de los militares. Los reportes de un observador cuentan que ‘la celebración y consignas pararon cuando un hombre se levantó y gritó a la gente “como puedes olvidarte de Maspero, Mohammed Mahmoud, Abaseya”’. O sea, cómo puedes olvidar la represión del CSFA contra el movimiento, cuando asumieron el poder durante el periodo de transición, antes de ser forzados a someterse a un proceso político.

Según Trotsky, “las masas adquieren consciencia a través del método de aproximaciones sucesivas”. Las masas egipcias pensaron que sacar a Mubarak sería suficiente. No lo fue, y se movilizaron para forzar al gobierno de transición del CSFA a conceder elecciones. Esto tampoco cumplió con las necesidades fundamentales de la revolución, por lo que se movilizaron para evitar que un candidato del CSFA se robara las elecciones. Morsi ganó, pero también fue contraproducente a la hora de satisfacer las necesidades de la revolución. Y las masas nuevamente, en mayor escala y con mayor intensidad, salieron a movilizarse como nunca antes, inclusive teniendo a toda la HM en contra de ellas.

No se le puede permitir a los militares que logren acabar con este proceso. La milicia busca un régimen todavía más obediente que el de la HM. Quieren que Mohamed El Baradei, el Papa cristiano, y que el erudito islámico portavoz principal del CSFA, actúen como amortiguadores durante el proceso eleccionario de aquí a 6 meses.

Pero esos 6 meses no verán un salario mínimo, medidas contra la pobreza permanente que existe, o nuevas libertades civiles. La batalla continuará igual que cuando Mubarak sucumbió. Y hay otras muchas preguntas sin contestar esta noche: ¿resistirá la HM?, ¿honrará sus promesas el CSFA?

Una cosa esta clara. El CSFA solo pudo utilizar las movilizaciones revolucionarias para adelantar su propia agenda, porque la revolución aún no tiene una alternativa política ni institucional propia. Esta es ahora una prioridad urgente por resolver. Sin ella, las masas podrán proveer combustión, pero el motor estará manejado por fuerzas opuestas a sus intereses como clase. 

Traducido por Marisel Robles

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